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RUFINO TAMAYO (1899-1992)

Importante pintor mejicano, perteneciente al pueblo zapoteca, pueblo que fue representante de las más importantes civilizaciones del antiguo México. En Oaxaca capital en una humilde vivienda de indios zapotecas nació, en 1889, RUFINO TAMAYO, hijo de Manuel y Florentina.

 

Rufino, niño indio sin identidad, corría descalzo por las noches mirando las estrellas.

Con once años, en medio de importantes reyertas y guerras, llega a México. Penetra asombrado en el olor de las frutas, recorre la textura del aguacate, la piel del limón, la suavidad de la sandía, la seda del melocotón, del mango, de la ciruela, los amarillos- verdes de la piña entre hojas verdes afiladas. Rufino sólo se guardaba en el fondo de su retina el resplandor rojizo de la sangre acumulándose sobre las naranjas.


Allí descubre símbolos, se aproxima al pasado y adivina inconcretas y futuras galaxias, mundos de hombros antiguos, eternos esbozos, fugitivas siluetas, formas espaciales de ambigua trayectoria, colores paralelos que, de pronto, se funden en imprevista cópula y dan un color nuevo.


“Voy creciendo, ingresé en escuelas mediocres”. Es en el año diez y siete. Se inscribe como alumno en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Pocos años después fue jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico del Muse Nacional de Arqueología. “Percibo la indigencia. Racionalizo mis sensaciones corporales. Soy contrario a la seudorrealidad impuesta. Las normas acumulan decadencias imperceptibles. Para mí, las cosas, los paisajes, las gentes se concentran y encuentran nebulosas de tenues colores donde se funden y adquieren oro aspecto, otra verdad incontenible”.

Allá por el año veinte y seis se encuentra en las calles de Nueva Cork, cuando Harlem salía a la calle 42 a bailar claqué en las esquinas y Louis Amstrong en el Cotton Club agudizaba los agudos cataclismos de la trompeta. Este año jugo al ajedrez en Duchamp, averiguó a Braque y a Cezanne, se encontró con Matisse y Picaso les hizo a todos guiños y cuernos por detrás.

Vive en Nueva York los siguientes años y va adentrándose en su historia privada, la desmenuza y la libera de ataduras. Ha llegado al camino por donde andará sólo, aventurándose más y más por los signos imperceptibles de los colores.


Tamayo pone nombre a sus obras que nunca tendrán nombre. Coloca siluetas tenues de hombres y mujeres como referencias perennes al pasado, al presente y al futuro.

Rufino Tamayo camina lentamente. Su lenguaje se hace cada vez etéreo, más joven. Fue a Paris, y a Londres, a Lugano, a Venecia. Ya el mundo es una pequeña bola que todos intentamos aplastar. Todos menos Rufino. El sonríe y pinta despacio, buscando siempre un signo de alegría.

Todos sus cuadros se hallan dispersos por el universo.

RUFINO TAMAYO nos ha dejado toda una herencia pictórica, pero en su entorno se ha concentrado toda una cultura, que se recoge en el museo que con su nombre se ha construido en Méjico.


Referencias: www.museotamayo.org

 

 

 


Es uno de los maestros de la pintura nacional que ha dejado honda huella en muchos otros artistas, con su obra plena de significados y expresiones étnicas, en un lenguaje de formas propias, resultante de la asimilación de las tendencias más modernas de la plástica, con lo que aborda temas como la preocupación cósmica, el destino humano, y la vida erótica.

 

 

 

 

 

 

 

www.solesdigital.com.ar/artesvisuales/rufinotamayo


www.kokone.com.mx/tareas/biografias/rtamayo.html

www. es.geocities.com/ciudaddelaesperanza/Tamayo.html